La historia real detrás de la serie “Emergencia radiactiva”: el accidente de cesio-137 que conmovió a Brasil
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La historia real detrás de la serie “Emergencia radiactiva”: el accidente de cesio-137 que conmovió a Brasil

La historia real detrás de la serie “Emergencia radiactiva”: el accidente de cesio-137 que conmovió a Brasil
  • La historia real detrás de la serie “Emergencia radiactiva”: el accidente de cesio-137 que conmovió a Brasil

Morelia, Michoacán; jueves 26 de marzo de 2026.- En las últimas semanas, las búsquedas en Google por parte de los argentinos sobre términos como “emergencia radioactiva” y el accidente con cesio-137 en Brasil han experimentado un notable incremento. Este interés renovado está estrechamente relacionado con el reciente estreno de la serie *Emergencia Radioactiva* en Netflix. Según los datos proporcionados por Google Trends, la atención no solo recae en el aspecto ficticio de la producción, sino también en los hechos reales, el elenco y los pormenores históricos de uno de los desastres radiológicos más impactantes del siglo XX. La curiosidad parece ir más allá del puro entretenimiento, pues evidencia una intención de comprender qué ocurrió, cuáles fueron sus implicancias y por qué este caso sigue siendo relevante hasta nuestros días.


El escenario de esta tragedia tuvo lugar en Goiânia durante septiembre de 1987, cuando un suceso aparentemente trivial desencadenó un desafortunado desastre. Todo se inició con el hallazgo de una cápsula abandonada proveniente de un equipo de radioterapia que contenía cesio-137, un material radiactivo artificial generado como subproducto en reactores nucleares. Este compuesto emite radiación gamma altamente peligrosa y tiene una vida media de aproximadamente 30 años, lo que permite que represente un riesgo durante décadas. Si bien es útil para tratamientos médicos como la radioterapia o equipos industriales, su manipulación indebida acarrea graves consecuencias, incluyendo contaminación ambiental y serios riesgos para la salud humana.


Lo que en apariencia era un objeto insignificante encerraba un polvo azul brillante, cuya belleza encubría el peligro letal de su radioactividad. En apenas unos días, este material circuló inadvertido entre vecinos, familiares y curiosos, lo que dio lugar a una cadena de exposiciones trágicas. El resultado fue catastrófico: cuatro personas murieron, centenares quedaron contaminadas y más de 112.000 fueron sometidas a chequeos médicos tras el incidente.


Casi cuarenta años después, el caso del cesio-137 en Goiânia sigue escalofriantemente presente como una lección sobre las devastadoras consecuencias de los accidentes nucleares ocurridos fuera de centrales especializadas. Hoy, impulsado nuevamente al foco público por la narrativa inmortalizada en la serie de ficción, este evento subraya aún más los peligros invisibles de la radiación y cómo las fallas en los sistemas de control pueden dar lugar a tragedias con impactos masivos.


El origen del desastre se encuentra en el Instituto Goiano de Radioterapia (IGR), una clínica privada localizada en el sector Aeroporto de Goiânia. Durante años, esta clínica empleó un equipo de teleterapia que contenía 19,26 gramos de cesio-137 en forma de cloruro, con una actividad radioactiva estimada en 50,9 terabequerelios (1.375 curies). No obstante, cuando la clínica se trasladó a una nueva ubicación en 1985, dejó abandonado este aparato en un edificio ya deteriorado y sin ningún tipo de protección ni señalización que advirtiera del peligro.


El estado ruinoso del inmueble lo convirtió en un punto frecuente para chatarreros que buscaban materiales reciclables para vender. Así fue como el 13 de septiembre de 1987 dos jóvenes recolectores, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, accedieron al lugar. Sin saber bien lo que buscaban más allá de algún objeto valioso para vender como chatarra metálica, encontraron el equipo abandonado y, con gran esfuerzo, lo retiraron del lugar transportándolo hasta la casa de Roberto, situada unos 600 metros más allá. A simple vista, el dispositivo no parecía ser más que un artefacto inofensivo hecho de plomo y acero, pero contenía una amenaza mortal.


La negligencia por parte de la clínica al dejar desamparado este aparato sumada a la falta de regulación o medidas preventivas clave fueron factores fundamentales que dieron inicio a una cadena de eventos fatídicos. En un contexto donde nociones sobre los efectos adversos de la radiación eran prácticamente desconocidas para la población general y donde las carencias económicas forzaban a muchos a recolectar chatarra para subsistir, el desenlace fue trágico e inevitable.


El fenómeno del polvo azul radiactivo activó una curiosidad mortal entre quienes desconocían completamente su naturaleza. Luego de encontrar el equipo y llevarlo a casa de Roberto dos Santos Alves, él y Wagner Mota Pereira intentaron desmontarlo con herramientas rudimentarias para rescatar posibles componentes metálicos valiosos. Durante estos intentos empezaron a experimentar síntomas como náuseas, mareos y vómitos, confundiendo estos primeros indicios del síndrome por radiación aguda con una simple intoxicación alimentaria.



Tras su fallecimiento, el cuerpo fue llevado al servicio médico forense para determinar con precisión la causa de muerte. De manera paralela, la Fiscalía de Acayucan abrió una investigación y ordenó analizar la segunda barra de chocolate entregada por el trailero, a fin de esclarecer los hechos.



Propagación del contaminante y cadena de exposición


Uno de los puntos más críticos de la dispersión ocurrió cuando el hermano de Devair Alves, Ivo Alves Ferreira, llevó fragmentos del polvo azul a su propia casa y los esparció en el suelo, donde su hija de seis años, Leide das Neves Ferreira, jugó inocentemente, aplicándose el material en el cuerpo y mostrando su hallazgo a su madre.


El material radiactivo se trasladó en bolsillos, bolsas y hasta en el transporte público. Hubo quienes, fascinados por el brillo, pensaron en utilizar los fragmentos como adornos personales. Las lluvias intensas acaecidas entre el 21 y 28 de septiembre contribuyeron a la dispersión del contaminante, depositándolo incluso en techos y otras superficies, lo que aumentó el área de exposición y complicó la posterior respuesta.


La propagación invisible del Cesio-137 se vio potenciada por el desconocimiento generalizado sobre los riesgos de la radiación. Personas de diferentes edades y oficios interactuaron con el material sin protección, lo que derivó en una cadena de exposición que afectó a cientos de habitantes y multiplicó la dificultad para rastrear la ruta del contaminante una vez que se identificó el accidente.


Personal de emergencia, algunos con trajes protectores y máscaras de gas, se prepara para la intervención durante el Accidente de Cesio-137. (goias.gov.br)

Síntomas, diagnóstico y retraso en la identificación del accidente

Los primeros síntomas de envenenamiento por radiación aparecieron entre tres y cinco días después de la exposición inicial, pero fueron confundidos con enfermedades comunes. Quienes habían estado en contacto con el Cesio-137 consultaron a médicos y farmacéuticos por náuseas, vómitos, mareos, diarrea y lesiones cutáneas en forma de eritemas. Muchos de los afectados recibieron diagnósticos erróneos de intoxicación alimentaria o gastroenteritis, especialmente cuando un grupo de familiares o amigos presentaba síntomas similares tras compartir una comida.


La ausencia de sospecha sobre radiación, tanto entre los afectados como en el personal de salud, permitió que la contaminación se extendiera aún más. La demora en identificar la verdadera causa de los síntomas fue un factor crítico que agravó la magnitud del desastre. Solo cuando María Gabriela Ferreira, esposa de Devair, advirtió la relación entre la enfermedad de su familia y el contacto con la cápsula, llevó el material a la Vigilancia Sanitaria y declaró: “Esto está matando a mi familia”, se activaron finalmente las alarmas.


La identificación oficial del accidente radiológico ocurrió el 29 de septiembre de 1987, tras la intervención del físico Walter Mendes Ferreira, quien confirmó la presencia de una fuente radiactiva extremadamente peligrosa. Ese día se notificó a la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN). A partir de ese momento, se desplegó un amplio operativo con participación de organismos nacionales e internacionales en lo que se denominó la “Operación Cesio-137”.

Según detalla la información del sitio web oficial del gobierno de Goias, los primeros pasos consistieron en “identificar, monitorear, descontaminar y tratar a la población afectada”, lo que incluyó el aislamiento de las zonas críticas y un cribado masivo de personas en el Estadio Olímpico. El informe también señala que la respuesta implicó medidas extremas, como la remoción de grandes volúmenes de tierra y la demolición de viviendas, mientras se realizaban estudios ambientales para medir la dispersión del material radiactivo en el suelo, el agua, el aire y la vegetación.


Para entonces, muchas personas ya habían acumulado dosis letales de radiación, y la contaminación se había extendido por diferentes barrios y centros de salud de Goiânia.



Respuesta de emergencia: detección, mapeo y descontaminación


El retraso en el diagnóstico permitió una exposición prolongada y sin control, dificultando la contención del desastre y aumentando el número de víctimas. El físico Walter Mendes Ferreira alertó a las autoridades, evitando que la cápsula fuera arrojada al río, lo que habría agravado la dispersión del Cesio-137. La Comisión Nacional de Energía Nuclear asumió el control y coordinó la intervención junto a agencias federales, estatales, municipales y organismos internacionales.


Las autoridades establecieron un sistema masivo de evaluación radiológica: el Estadio Olímpico de Goiânia fue convertido en centro donde se evaluó a unas 112.800 personas. De ellas, 249 presentaron contaminación confirmada, 129 fueron seleccionadas para monitoreo médico permanente, y 49 necesitaron hospitalización, 21 en cuidados intensivos.


Para dimensionar la contaminación, se emplearon métodos terrestres y aéreos, incluyendo helicópteros con detectores especiales que sobrevolaron más de 67 kilómetros cuadrados en busca de focos radiactivos. Se identificaron siete áreas principales y otras menores, permitiendo delimitar el alcance del accidente y planificar la descontaminación.

Las tareas de limpieza enfrentaron retos considerables debido a la solubilidad del Cesio-137, que permitió su penetración en suelos y sistemas de agua. Las operaciones se dividieron en dos fases: una urgente, culminada en diciembre de 1987, y otra de remediación, extendida hasta marzo de 1988. Se evacuaron 200 personas de 41 viviendas, y siete casas fueron demolidas por su alto nivel de contaminación. Se utilizó desde aspirado de polvo radiactivo y raspado de superficies hasta el tratamiento de suelos y techos.


En total, se generaron 3.500 metros cúbicos de residuos radiactivos, almacenados en contenedores especiales a 23 kilómetros de Goiânia, en Abadia de Goiás. Estas acciones permitieron contener la contaminación y reducir el riesgo de exposición a largo plazo, aunque la huella del accidente permaneció en el entorno y en la comunidad.



Las víctimas: muertes, historias y sobrevivientes

El accidente de Goiânia dejó un saldo humano trágico que se expresó no solo en cuatro muertes directas por síndrome agudo de radiación, sino también en un sufrimiento prolongado para decenas de personas expuestas y sus familias. Entre las víctimas mortales más recordadas está Leide das Neves Ferreira, la niña de seis años que jugó con el polvo azul radiactivo y se convirtió en símbolo de la tragedia. Leide desarrolló lesiones graves, pérdida total de cabello, úlceras, hemorragias y daño multiorgánico antes de fallecer el 23 de octubre de 1987 en Río de Janeiro, tras semanas de agonía.


María Gabriela Ferreira, esposa de Devair y tía de Leide, es recordada como la heroína silenciosa que propició la intervención sanitaria. Ella también murió el 23 de octubre, víctima de septicemia por radiación, después de haber transportado la cápsula a las autoridades aun estando gravemente enferma.


Otros fallecidos fueron Israel Baptista dos Santos y Admilson Alves de Souza, empleados del depósito de chatarra de Devair. Ambos recibieron dosis letales de radiación durante el desmontaje del equipo y murieron poco después por complicaciones severas.

Entre los sobrevivientes se encuentran Wagner Mota Pereira, quien sufrió quemaduras graves y perdió parcialmente los dedos de una mano, y Devair Alves Ferreira, que, aunque sobrevivió inicialmente, desarrolló depresión profunda y falleció años después de cáncer, atribuido a la exposición. Ivo Ferreira, padre de Leide, vivió con secuelas psicológicas y falleció en 2003 de enfisema, posiblemente relacionado con el accidente.

Numerosos individuos sobrevivieron con secuelas físicas o psíquicas, y muchos de ellos continúan reclamando atención médica y reconocimiento por las consecuencias de la exposición al Cesio-137.


Responsabilidades legales y proceso judicial

La investigación judicial del accidente de Goiânia reveló una cadena de negligencias institucionales previas al desastre. Cuatro meses antes del robo del equipo de radioterapia, un director de instituto impidió que un propietario del antiguo Instituto Goiano de Radioterapia (IGR) retirara el aparato peligroso, pese a las advertencias expresas sobre el riesgo que representaba dejarlo abandonado. Posteriormente, la advertencia sobre la “bomba de cesio” fue ignorada por las autoridades.


Tras el accidente, tres médicos propietarios del IGR fueron acusados de negligencia criminal por dejar el equipo sin vigilancia y sin informar a las autoridades. Sin embargo, debido a que el incidente ocurrió antes de la Constitución Federal de 1988 y a que el aparato era propiedad institucional y no individual, no fue posible imputarles homicidio por negligencia. El castigo se limitó a una multa de 100.000 reales brasileños (unos 24.000 dólares estadounidenses de la época) para financiar la remediación del sitio.


Por otro lado, los dos chatarreros que iniciaron la cadena de eventos al extraer el equipo del edificio nunca fueron acusados penalmente. El sistema judicial consideró que, dadas las circunstancias de pobreza y desconocimiento, no era adecuado imponerles penas. Así, la responsabilidad penal recayó de forma limitada en los responsables institucionales, y el caso se convirtió en un ejemplo de las dificultades para asignar culpa en desastres tecnológicos con múltiples fallas sistémicas.


El accidente radiológico con cesio-137 evidenció la necesidad de asumir una responsabilidad ética en el manejo de la tecnología y la ciencia. La tragedia resaltó que las consecuencias derivadas de su utilización exigen prácticas que prioricen la protección de la vida humana. A partir de este incidente, que la revista Time calificó como “uno de los peores accidentes nucleares de la historia”, surgió una oportunidad global de aprendizaje respecto a los límites y riesgos inherentes al desarrollo científico


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Desde el 01/Ene/2019

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